

CUANDO LA CALLE EL SOL ERA “LA LAGAÑA”
Varios vecinos de la Calle El Sol todavía recuerdan que en algún tiempo otros realejeros se referían a esta zona como “La Lagaña”, con cierto afán de desprestigio y de burla, ya que las lagañas o legañas (las dos formas son válidas), indican falta de higiene, y a veces pobreza. (La palabra lagaña es de origen incierto, probablemente de la misma raíz que el vasco lakaiña, brizna, hebra, y denomina el líquido o secreción sebácea que destilan los ojos y se pega a las pestañas).
Sin embargo, pocos saben que Lagaña fue el nombre oficial que tuvo antiguamente la Calle El Sol. Así lo confirma documentalmente un revelador Padrón General del Vecindario del Realejo de Arriba, existente en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, con sede en La Laguna, y que fue elaborado en su momento por el alcalde de turno en 1779. (Conocíamos la existencia de este padrón y del nombre que nos ocupa, pero ignorábamos que se refería a la que hoy es Calle El Sol, como ahora podemos confirmar. La Lagaña aparece justamente en tercer puesto, tras la Plaza de este lugar, y la Calle del Medio. Se trata, sin duda, del antiguo casco del pueblo que contaba por entonces con 584 casas de vecindad o de familia).
El citado documento es un manuscrito algo deteriorado por el paso del tiempo y la demoledora actividad de los insectos, tenazmente combatidos. Es, como decimos, altamente revelador, ya que nos facilita elocuentes datos de la época y nos permite un conocimiento casi familiar de los vecinos que fueron y de sus circunstancias, a más de doscientos años de distancia.
Informa de la existencia en La Lagaña de 43 casas de vecindad,
en las que residían las familias de “Bernardo de Carpio,
Antonio González, José Francisco Fajardo, Gonzalo González
de Abreu, Andrea Francisca, Antonio Yanes, María Perera, Petronila
de Chaves, Esteban Hernández Toste, Bartolomé Barroso, Catalina
Padrón, Simón Fernández Ascanio, Mauricio Francisco
de Roxas, Pedro García, María Díaz, Sebastián
García, Salvador Biera, María Luis, Catalina Donis, María
Molina, Fernando Mexía, Juan Molina, Agustín Padrón,
Francisca María, José Perera de Abreu, Domingo Molina, María
Francisca, Lorenzo González Regalado, Andrés González
Corvo, José Yanes, Antonio Reyes, José Francisco de Barrios,
Catalina Francisca de Abreu, María Hernández, Jerónimo
Reyes, María de Santiago, Francisca Gabriela, Isabel Merina, Domingo
Viscaíno, Sebastiana Fernández, Fernando González
Regalado y Agustín Francisco de Barrios”. (Francisca María
es de las de más edad, con 67 años. Y Santiago, hijo de
Agustín de Barrios, aparece como el más joven, pues tan
sólo tiene 1 año). Detalla los oficios y ocupaciones.
La mayoría de los hombres son labradores y asalariados o jornaleros, o andan con una mula (si la tienen) bajando leña del monte... Pero también encontramos cabuquero (el que en la galería abre huecos para colocar los barrenos), zapatero, viñatero, carpintero,... Las mujeres, por su parte, se dedican a lavanderas, a majar lino, devanar (hacer ovillos para hilo), hilar, coser, hacer calceta, ,... aparte de cuidar a la familia, educar los hijos y ayudar en las faenas agrícolas y ganaderas.
El nivel de vida es muy bajo, ya que casi todos son pobres, medianamente pobres o muy pobres; alguno lo pasa regular, moderada o medianamente, como el que tiene una yunta de bueyes y una burra, el que tiene una yunta de vacas y un camello y puede sembrar regularmente un año por otro 8 fanegas de trigo, el que tiene una mula y un burro,... Podemos saber algo de su grado de instrucción o formación, comprobando que pocos saben leer y escribir. Curiosamente, María Yanes, mujer de José Francisco Barrios, es de las muy escasas mujeres que saben escribir; y Silvestre, niño de 5 años, anda a la escuela. Sobre Agustín Francisco de Barrios se especifica que se dedica a enseñar a sus hijos y educarlos, por lo cual este maestro tiene moderada conveniencia (vive con cierto desahogo).
Todo lo expuesto nos da una visión bastante aproximada de aquellos vecinos de calle La Lagaña, luego llamada El Sol y Pérez Zamora algún tiempo, en 1779, finales del siglo XVIII (18). Precisamente los historiadores señalan que Realejo Alto o de Arriba pasea desde principios de este siglo su cruz de plata con la que se sustituye la primitiva cruz de madera ante la que se efectuó la rendición de los menceyes guanches. Y un poco después, al iniciarse la segunda mitad del siglo XIX (19) se erigieron capillas distantes del templo de Santiago destinadas a la Cruz. A una de ellas –como hemos señalado otras veces- se refiere un expediente del 24 de abril de 1866, (estudiado por el prestigioso historiador orotavense don Manuel Rodríguez Mesa), mediante el que Agustín Molina, en nombre de los restantes vecinos de la calle del Sol, solicitaba -del gobernador eclesiástico- autorización para celebrar misa en la Capilla pública fabricada con limosnas, tanto el día de la Invención (3 de mayo) como en los demás , sobre todo con motivo de promesas.
En los datos referidos a la calle del Medio, encontramos nombres de clérigos, militares,... Y apellidos compuestos, de cierto abolengo, que relevan la presencia allí de gentes más acomodadas que los humildes vecinos de calle La Lagaña, hoy El Sol. Y comprendemos lo escuchado tantas veces sobre el origen de nuestras fiestas de Cruz, en la rivalidad vecinal de las dos calles principales del pueblo. Una historia que fue y una tradición que pervive. Nos proponemos seguir avanzando en el mejor conocimiento de la calle de nuestros amores, viajando en el tiempo por el mar de los papeles. Los vecinos de La Lagaña en 1779 nos ponen en la pista de nuevos datos que nos sitúan más atrás aún, cuando llegaron los primeros pobladores foráneos, y quizás de quienes ya estaban aquí a su llegada. Aún nos falta dilucidar, por ejemplo, el origen de los Palos de Molina, el cercano barranco Tagaseite o Tornero, un pago conocido como de la Cruz de Mayo, que tenía 46 casas de familia, etc... Por ahora hacemos un alto para la fiesta y la plegaria, junto a la Cruz.
LA VIEJA CAPILLA
DE LA CALLE DEL SOL
Las fiestas de Cruz siempre han sido motivo para el encuentro, la plegaria y el regocijo que nos proporcionan los adornos florales y pirotécnicos. Al mismo tiempo nos han ido mostrando algunas noticias guardadas en las memorias de los vecinos de más edad, o bien sacadas de viejos papeles, pacientemente.
Gracias a la generosidad del historiador don Manuel Rodríguez Mesa, para la presente edición ya podemos contar con una fotocopia de un manuscrito muchas veces anunciado y resumido en los programas de fiestas. Se trata de un documento sin clasificar, correspondiente a 1866, que se conserva en el Archivo Diocesano de Tenerife. Me complace compartir su contenido con todas las personas interesadas en el tema.
Se dirige al M. Y. Sor. Gobernador Ecco (Muy Ilustre Señor Gobernador Eclesiástico) y su contenido reza como sigue:
“Agustín Molina, natural y vecino del pueblo del Realejo alto en la calle del Sol, por sí y en nombre de los demás vecinos exponen: Que es público y notorio que con limosnas de estos mismos se ha fabricado una capilla pública, la que con autoridad de V. S. (Vuestra Señoría) se bendijo hace cosa de dos años; y deseando estos mismos vecinos para aumentar más esta devoción que celebre en ella el Sto. (Santo) Sacrificio de la Misa en los días que V. S. tenga por conveniente, y en especial cuando haya alguna promesa que cumplir.
A V. S. suplican permita la celebración del Sto. Sacrificio de la Misa, previos todos los requisitos que se acostumbran en tales casos y que V. S. tenga a bien señalar: gracia que se prometen conseguir del celo religioso que distingue a V. S. por el aumento y propagación del culto católico. Realejo Alto Abril veinte y cuatro de mil ochocientos sesenta y seis. Por el exponente y demás vecinos (firma) Juan B. Padrón.”
Apenas dos días después, 26 de abril de 1866, se ordena que pase esta solicitud a informe del Arcipreste de La Orotava. Una vez examinada la petición que presenta D. Agustín Molina por sí y en nombre de los vecinos de la Calle del Sol, manifiesta “que las razones alegadas en ella son ciertas y bastante poderosas para que se conceda la gracia que solicitan, siendo útil para fomentar la devoción y aumentarse así el culto de nuestra Sta. Religión; sin embargo, V.S. decretará como siempre lo más conforme a justicia. Realejo Alto Abril veinte y siete de mil ochocientos sesenta y seis. (Firma) Don Domingo González de Chaves”.
La definitiva y ansiada respuesta no se hace esperar si tenemos en cuenta las dificultades para la comunicación de la época. Se ve que la fecha de la festividad de la Cruz está muy próxima y esta circunstancia ayuda a aligerar los trámites burocráticos. Conozcamos el texto del expediente:
”Laguna veinte y ocho de Abril de 1866.
Vista la solicitud que antecede; visto igualmente el informe del V(enerable) Arcipreste de la Orotava atendiendo al fin laudable y piadoso que se propone el peticionario por sí y a nombre de los demás vecinos de la calle del Sol en el Pueblo del Realejo Alto, en la gracia que ha impetrado, venimos en conceder nuestra licencia y permiso para que pueda celebrarse el Santo Sacrificio de la Misa en la Capilla de la Cruz situada en dicha calle y pueblo, no sólo en el día de la Invención de la Cruz (tres de mayo), sino en los demás que a juicio del Párroco Rector de la Matriz del Apóstol Santiago del referido Pueblo deban decirse, por exigirlo así la necesidad y utilidad de los fieles; siendo de cuenta del encargado de la expresada Capilla de Cruz proporcionar los ornamentos necesarios, será crucifijo, piedra de ara consagrada para el Altar y demás que se requiere según rúbricas para la celebración del Santo Sacrificio, también será de su cuenta y cargo proporcionar una campana para la expresada Capilla con el fin de convocar a los fieles a la celebración de los divinos oficios, cuando se hagan en ella. Comuníquese al V. Arcipreste y al interesado. Lo proveyó en S(ecretaría) el Y(lustre) S(eñor) Gobernador Ec(lesiásti)co y firma de que certifico. = José M. Méndez.”
Algunas conclusiones
La lectura pausada de los textos precedentes suscitará opiniones muy diversas. Permítaseme señalar algunas de mi modesta cosecha. La primera y principal es que la solicitud la hace el vecino don Agustín Molina por sí y en nombre de los demás vecinos, como se señala repetidamente. Este hecho da idea de una vecindad que imaginamos unida en sus propósitos y con un arraigado sentido del culto religioso representado en la Cruz de la capilla, sumado, indudablemente, al particular que muchas casas particulares le rinden entonces y continúan rindiéndole en la actualidad, con tamaños, formas, adornos y accesorios diversos que las acompañan.
La unidad de los vecinos de la calle del Sol, o El Sol simplemente, sigue siendo admirable y más en estos tiempos últimos en que, como hemos comentado, ha aumentado de forma notable su población.
Recuerdo compartir el rezo del rosario en la actual capilla de la Cruz con algunas personas que ya no están físicamente con nosotros, y entre misterio y misterio –gozosos, dolorosos y gloriosos- , entre Padrenuestros y Avemarías, hacer pausas para evocar anécdotas de pasadas fiestas, y de hombres y mujeres que hicieron historia, la historia pequeña o grande de una comunidad, según el cristal del corazón con que miremos. ¡Lástima que muchas de esas vivencias queden apuntadas solamente en el disperso, caprichoso y olvidadizo libro del viento y en las páginas insondables de las vivencias de cada cual!
Queda mucho por anotar. De la primitiva Cruz que seguramente colocaron los monjes franciscanos. De las distintas modificaciones que ha experimentado la capilla a lo largo del tiempo. De los festejos populares de antes y de ahora, todos respetabilísimos. Las fiestas son para vivirlas y no para contarlas. Pero a mí me gusta decir como Unamuno: “Pero acaso contar la vida, contar la fiesta, ¿no son también formas de vivirla? Que el Santo Madero nos bendiga.
PÉREZ ZAMORA
Y LA CALLE EL SOL
En Realejo Alto, a 8 de abril de 1900, el Sr. Alcalde, don Domingo González Pérez, hizo presente a la Corporación Municipal el fallecimiento ocurrido en Madrid, el 20 de enero de ese año, del ilustre patricio e hijo de este país Excmo. Sr. D. Feliciano Pérez Zamora, ex-Diputado a Cortes por esta circunscripción cuya representación en Cortes llevó por más de treinta años. (Ocupó en Madrid cargos de relieve. En 1863 fue nombrado Jefe de Orden Público; en 1865, Director General de Beneficencia; y en 1874, Consejero de Estado. También fue Director General de Administración Local. Ha sido considerado como uno de los políticos más famosos y, al propio tiempo, más eficaces que han tenido las islas en cualquier época. Fue de los que contribuyó de forma notable a la mejora de las carreteras y de los puertos tinerfeños).
La Corporación realejera se enteró con pena de dicho fallecimiento y atendiendo a que el finado, si bien no había nacido en este pueblo, pasó en él su juventud y le demostró siempre su cariño como lo prueba la concesión de la carretera que hoy une a esta población con la general de Orotava a Buenavista, por unanimidad acuerda: que la calle que hoy se denomina del Sol, en la que vivió el finado, lleve de aquí en adelante el nombre de Pérez Zamora, quitándole la lápida que la señala como Calle del Sol y en su lugar poniéndole otra en la que se lea dicho nombre de Pérez Zamora; haciéndose saber, además, al vecindario, por medio de edicto.
A una semana de cumplirse los noventa años de aquel acuerdo, el 30 de marzo de 1990 en sesión plenaria se aprobó por unanimidad la propuesta de la Alcaldía-Presidencia, de modificar la denominación de calles del municipio para su adecuación a su nombre popular. Así fue como esta calle recuperó su antiguo nombre de El Sol.
La historia se escribe así, pues casos similares abundan, dándose la circunstancia “curiosa”, por calificarla suavemente, de existir calles en nuestro municipio que han conocido hasta cuatro nombres en un espacio relativamente corto de tiempo, y todo ello obedece a los cambiantes vaivenes de la política de turno. No obstante, la memoria agradecida de este pueblo hacia el político portuense se continúa en el Colegio Público que, desde su inauguración como Agrupación Escolar Mixta se nombra “Pérez Zamora”.
Volviendo al personaje que nos ocupa, digamos que sus padres fueron propietarios de la finca conocida por El Cercado, que abarcaba desde el Camino Viejo de San Benito hasta lo que luego fue y es Colegio Nazaret. Parte de esta demarcación fue expropiada en su día para la construcción de la Barriada Nuestra Señora de los Remedios, inaugurada en 1956.
La propiedad pasa a los herederos, entre quienes se cuentan las hermanas de don Feliciano, Emilia y Josefa, y, posteriormente, sus sobrinas. Sobre el particular, hemos reavivado viejos recuerdos conversando amablemente con alguien muy vinculado a la mencionada finca realejera, pues desciende de sus antiguos medianeros, y él mismo lo fue hasta fechas muy recientes. Menciono a don Gregorio Hernández Díaz, a quien agradezco muy encarecidamente la información facilitada.
Por él conocemos aquella gestión del Diputado Pérez Zamora relacionada con este municipio, como fue la construcción de la carretera que enlaza el Puente de doña Adelaida (plaza del Mencey Bencomo, en la actualidad) con La Alhóndiga (antigua casa de don Valeriano, hoy edificio en construcción, en el arranque de la Avenida Tres de Mayo). Se trata de la popularmente conocida como “carretera de la charca”, vía de comunicación muy importante en su momento, pues conectaba el viejo Realejo Alto con la general del Norte.
Los recuerdos también evocaron a doña Sara y a doña Berta, sobrinas de don Feliciano, cuando, en sus temporadas de veraneo en la casa y finca del El Cercado en la Calle El Sol, daban Doctrina Cristiana (la Catequesis de ahora), a los niños y niñas de los alrededores que se acercaban hasta allí, atraídos por su ansia de formación y, al mismo tiempo, con la esperanza de ser obsequiados con algún sabroso pastel u otra golosina. Esta actividad catequética la iniciaron, al parecer, en tiempos del Párroco de esta comunidad entre 1919 y 1928, don Juan Cerviá. Si se escucha con atención, la arboleda, el estanque y los paseos de El Cercado aún parecen devolver los ecos de los cantos y los rezos de los coros de los infantes que así llenaban su tiempo, cuando aún el televisor estaba por llegar.
Muchos otros temas ocuparon la amena charla con don Gregorio “El del Cercado”. Por supuesto, estuvo presente la Fiesta de Cruz, y las anécdotas de sus años mozos. Él, por ejemplo, fue testigo de la llegada de los cañones de la Rambla de Castro, para asustar a los de enfrente, hasta que un desafortunado proyectil rajó una higuera que crecía en El Cantillo y esa fue la última vez que los trajeron. “¡No sé cómo no pasaron más desgracias!”, manifiesta entre preocupado y divertido cuando recuerda las ocurrencias originadas por el pique entre las dos calles protagonistas de la veneración a la Cruz en el grandioso día del 3 de mayo. “La calle de piedra tosca se cubría con una alfombra blanca de zahorra apisonada, y se montaba un kiosco o templete, junto a la capilla, donde descansaba la Cruz de la iglesia”.
Mucho sabe nuestro informante de aquella familia de los Pérez Zamora, cuyo nombre ocupó durante casi noventa años los azulejos que figuraban en el arranque de esta calle, en su encuentro con la actual Avenida de Nuestra Señora de los Remedios, que antes fue de Primo de Rivera, y antes de Fermín Galán, militares ambos, aunque de muy distintas ideas políticas.
Merece la pena conocer, por ejemplo, la obra del novelista Aurelio Pérez Zamora, hermano del diputado. Esta sugerencia se ofrece al colegio que lleva sus apellidos. Por nuestra parte, si hay ocasión, ampliaremos el asunto en una próxima entrega. Aprovecho ahora para desearles una felices fiestas y que la Cruz bendiga a cuantos aman la Calle del Sol, a su gente, y a su historia.
LAS
CRUCES DE MIS AMIGOS
A mediados de los años setenta conocimos personalmente al gran
poeta canario Pedro García Cabrera (Vallehermoso, La Gomera 1905
- Santa Cruz de Tenerife, 1981). Desde aquella ocasión supimos
de sus raíces realejeras, expresadas en su poema a nuestro municipio
en el libro “Vuelta a la Isla”: “Y sé también
que mi padre / dio aquí su primer vagido / y que aquí fueron
calvario / las cruces de mis amigos”. Él se apresuró
amablemente a señalar su complacencia por la visita de un “paisano”,
y abundó en detalles: “Mi padre nació en Los Realejos.
Mis abuelos paternos eran sevillanos y mi padre fue el primer hijo que
les nació en Canarias. Ellos vinieron de Sevilla porque mi abuelo
paterno estaba enfermo. Eran maestros. (...) No sé exactamente
si fue en el Realejo Alto o el Bajo porque, como saben, al quemarse un
convento que existía allí, se destruyeron también
los archivos...”.
Posteriormente hemos accedido al Registro Civil de Los Realejos, y confirmado que, efectivamente, su padre, Pedro García Sánchez, nació en 1876 en el entonces Realejo Alto, nada menos que en la casa número quince de la calle La Alhóndiga. Y decimos que nada menos por la curiosa coincidencia de que en la misma dirección dio también su primer vagido o llanto de recién nacido quien esto escribe. Eso sí, para entonces la calle había cambiado de nombre varias veces: de La Alhóndiga pasó a Viera y Clavijo, luego a Calvo Sotelo, hasta la actualidad en que se denomina Avenida Tres de Mayo.
Grata satisfacción, pues, con esta noticia de los antepasados de aquel cantor de nuestro pueblo quien dejó escritos su versos inspirados con su duda permanente: “No sé si es uno o son dos,/ no sé si es pueblo o castillo, / pero todo guarda un orden / y encuentran siempre su sitio / muros, barrancos, estatuas / y el ocho de los caminos / que desde el mar a la cumbre / se va ciñendo a sí mismo.” Un poema romanceado en el que celebra a nuestras bordadoras y a nuestros fogueteros con el hermoso piropo que tanto hemos nombrado: “Bordan ellas la ternura, / bordan ellos el peligro”.
Para la presente ocasión hemos querido incidir en la oscura circunstancia de nuestra historia local cuando, como apunta el poeta del mar y de la libertad, fueron calvario las cruces de sus amigos. Se alude a los años de la intolerancia, del revanchismo y de la prepotencia. Los años en que las tranquilas ciudades y los pueblos de España se olvidaron de sus encantos e incubaron los odios y las rencillas.
La cosa principia en el período de los primeros años 30 del pasado siglo cuando se proclama la Segunda República en España, y se señala a la Iglesia como una de las instituciones causantes de todos los males que padece el país en el orden social y cultural. Por tanto, sus símbolos han de ser combatidos con firmeza. Concretamente en ambos Realejos, el signo de la Cruz, presente en las fachadas de muchas casas, en los caminos, en las cumbres, en los barrancos, en la costa... El símbolo es arrancado, destruido, desaparecido, burlado. Muchos se afanarán en ocultarlo a la vista de los desaprensivos, de los que justifican su rabia por los problemas cotidianos combatiendo las sencillas manifestaciones de una fe de siglos, la fe en la Cruz, madero santo, anunciador de cristiana resignación y mansedumbre, pero también de vivencia comprometida, como indican su brazo vertical –amor a Dios, sobre todos las cosas--, y su brazo horizontal, amor al prójimo concreto, a las personas con quienes compartimos la existencia. El símbolo de la Cruz, más allá de la muerte, anuncia la plenitud de la vida, y sus dos brazos figuran íntimamente entrelazados, de forma que no puedan coexistir el uno sin el otro.
Las reflexiones precedentes no siempre fueron compartidas por toda la ciudadanía realejera, por concretarnos en nuestro entorno. La Cruz fue instrumento de división entre las gentes. También cuando luego, en otras circunstancias políticas, se enarboló para limpiar los desagravios precedentes. Fue a finales de los mentados años treinta, cuando la prometedora República dio paso al triunfo de otros ideales, con sus extremismos, con sus intolerancias, con sus ajustes de cuentas. Son los “calvarios” a los que alude el poeta del mar y de la libertad, Pedro García Cabrera, al evocar la tierra natal de su padre y los lamentables incidentes en que la autoridad constituida obliga a rapar las cabezas de los condenados por enemigos de la patria y exponerlos a la vergüenza general, en público escarmiento, y se les hace reponer las cruces en sus lugares de procedencia. El “orden” parece quedar restituido, y todo vuelve a su sitio.
El afán de nuestro comentario festivo pretende una visión completa de nuestro pasado, desde una distancia temporal que nos permita serenidad para valorar lo que ha sido y lo que es nuestra historia. Y, si acaso, un humilde llamamiento a nuestro interior para que jamás vuelvan a repetirse los tristes episodios evocados. Que la Cruz, símbolo de la cristiandad, luzca hermosa y dignificada por las flores y los fuegos de artificio, como es tradición en nuestra queridísima Calle El Sol, la calle que mira al Naciente, al astro que a todos ilumina, sin distinción; la calle que ha ensanchado y alargado sus brazos de Cruz en su notoria expansión hacia los tramos adyacentes de El Llano, El Cantillo, Reyes Católicos, Doctor Antonio González y Avenida Santiago Apóstol; la antigua calle de La Lagaña, de la primeras del antiguo del Realejo de Arriba, nacida a la sombra de la iglesia por donde empezó a crecer este pueblo de tanta historia.
El nombrado poeta Pedro García Cabrera compuso su libro “Vuelta a la Isla” en 1968, compartiendo las vivencias de cada pueblo cantado, de cada uno de los pueblos de Tenerife donde acudía por alguna circunstancia. Y de nuestros Realejos esbozó la imagen llamativa de sus fiestas centenarias de mayo, las fiestas de Cruz cuando las noches se tornan mirlos con trinos de fuego, manos de pólvora el hombre, y nuestras bordadoras trabajan en bastidores de fuentes, dedos de mujer los hilos... Imaginamos al autor de los versos contemplando la noche iluminada por sus cielos encendidos, aspirando el perfume de los arreglos florales, y evocando la memoria de su padre, maestro de instrucción primaria, y a sus amigos atribulados en épocas de incomprensión, que todos deseamos definitivamente erradicadas. Nuevas épocas para pasear confiados entre la gente. Tiempos para desear cordialmente, como el poeta grande y profundo, que sigan bordando ellas, con puntadas y suspiros en su silencio artesano, manteles de libertad en alto como los nidos, y los valientes fogueteros traduciendo la oscuridad y desgranando las espigas de los cohetes de silbo y el rostro de las cascadas, copiados mil veces en la noche realejera, verónica de la altura.
Desde la realejera Calle El Sol, de tanta historia que aguarda ser ampliamente divulgada, queremos seguir notando ese temblor en la sangre cuando mayo pone los corazones en vilo. Queremos que cada flor, cada mortero, cada traca, cada céntimo de euro y cada plegaria simbolice la tolerancia y la sana convivencia. Queremos seguir evocando a nuestros antepasados y a la historia, para aprender de ellos, no reincidir en los lamentables errores, y continuar navegando por mares de paz y de tolerancia, por cielos encendidos de prosperidad. ¡Felices Fiestas, vecinos y visitantes!